TANGO T-TRUCK: LA HISTORIA DEL HOT ROD ARGENTINO MáS FAMOSO DE EEUU

Lo construyó Luis Miguel “Yiyi” Pugliese. La historia contada por su hijo Mauro.

Texto de Mauro Pugliese

Fotos y artículos del archivo de la familia Pugliese

Esta es la "historia de un fierro caliente". Transcurrían los primeros meses de 1993, Luis Miguel “Yiyi” Pugliese tenía 37 años y se encontraba en California (Estados Unidos), ya que en reconocimiento a su trayectoria como constructor de autos del tipo Hot Rod realizados en Argentina fue convocado a colaborar en la construcción del concept car Plymouth Prowler, una interpretación moderna de este tipo de vehículos concebida por Chrysler y que fuera presentado en enero de ese año durante el Salón de Detroit.

De regreso en Argentina dedicó el siguiente trimestre a culminar trabajos pendientes acumulados en su ausencia. El apuro en parte estuvo relacionado con la necesidad de iniciar el ensamble final de su "último desafío" (así los llama Yiyi), el cual iba a requerir toda su atención: se trataba de “La Chatita”.

La Chatita, un prototipo constituido por un motor V8 central y caja puente ZF-5-DS-25-2 alojados en un chasis de tubos de acero reticulado junto a otras soluciones técnicas  inéditas para esa época en este tipo de vehículos, ya que tomaba su identidad como Hot Rod al coronar toda esta “ferretería” con una inocente carrocería de pick-up Ford T-23.

Dicho proyecto había llamado la atención de la revista estadounidense referencia de estos autos en los años '90, llamada Street Rodder Magazine, quienes vieron en su redacción con cierta incredulidad los planos conceptuales del futuro prototipo facilitados por Yiyi a miembros de la NSRA el año anterior, 1992.

Se inicia un intercambio de correos (postales) entre USA y Argentina para confirmar la veracidad del proyecto y en resumidas cuentas la revista le comunica a Yiyi que realizarían el seguimiento de la construcción de “La Chatita”, publicando los avances en distintos números, iniciando antes de finalizar 1993.

Llegamos a octubre del frenético 93 y el viaje mensual habitual desde Lomas del Mirador a la zona céntrica de Flores en búsqueda de la revista Street Rodder iba a tener un sabor distinto, desde USA y ya vía fax la redacción le comunicaba a Yiyi que en ese número saldría publicada la primera nota sobre el armado de su auto.

Sintió alivio, principio de alegría, luego del tortuoso proceso de intercambio de faxes y comunicaciones larga distancia entre los editores y los traductores ocasionales en Buenos Aires, equipo constituido por familiares y amigos.

Al llegar al kiosco de revistas importadas de siempre, sobre la Avenida Rivadavia, lo recibe Rúben, el canillita de siempre, un hombre canoso y grandote que sentado sobre una pila de revistas deportivas de fallida tapa negra, le hace entrega del ejemplar yankee acompañado de una sonrisa y una felicitación. Acto seguido y ante su sorpresa Yiyi agradece, paga los 8 dólares con 80 centavos (pleno menemismo) y se despide.

Previo a emprender la vuelta decide hacer una pausa en un bar cercano y mientras toma un café con leche viéndose reflejado en esas páginas de lengua extranjera llega a un par de conclusiones: Por un lado, confirmar de donde provenían los dobleces con los que se encontraba en algunas páginas de sus revistas y por otro lado, la sensación de que ese día simbólicamente se cerraba un ciclo.

El ciclo considera, había iniciado 25 años antes cuando un Yiyi de 12 años en su primera excursión solitaria por Ramos Mejía va al encuentro de un generoso puesto de revistas cercano a la estación y casualmente sobre Avenida Rivadavia. Su idea era poder hojear algún ejemplar de automovilismo europeo como AutoSprint o Grand Prix, pero en el fragor de la búsqueda y de repente, aparece frente a sus ojos una revista bastante “gorda” (magbook) que en su tapa tenía unos aparatos extraños con carrocerías viejas y unos tremendos V8 que las desbordaban junto a unas ruedas tan impresionantes como los motores. Se trataba del Hot Rod Year Book Pictorial, el anuario que lanzaba en USA la revista Hot Rod sobre dicha actividad.

De más está decir que el pequeño compra tamaño ejemplar viendo con alegría y sin lamentos como el señor diariero guardaba los mangos destinados a un vaquero, el que había motivado su presencia en Ramos esa mañana de sábado.

A partir de ese momento, Yiyi comenzó a descubrir un mundo nuevo que tenía su epicentro en USA, se dedicó a estudiar minuciosamente el Anuario de arriba a abajo hasta llegar al punto de familiarizarse con los distintos tipos de Hot Rod como así también con la filosofía que nuclea a los cultores de este estilo tan especial.

El paso siguiente y con la ayuda de los datos aportados por su reveladora revista fue ponerse manos a la obra, habiendo cumplido 13 años Yiyi consideró lógico postergar su proyecto de Fórmula Uno para construir su primer auto. Se imaginan que los intentos que hicieron amigos y familiares para que desista de tamaña locura y pérdida de tiempo fueron denodados y de todo tipo, resultaron en vano. La única que percibió en los inicios que Yiyi tenía pasión por los fierros y no solo cuatro llaves fijas y una pinza fue su mamá, Catalina, quien le brindó todo su apoyo convencida de lo que su hijo podía lograr.

Con ese empuje y bajo el duraznero de un terreno que tenía su padre Rino en Lomas del Mirador colocó un chasis de Ford 38 con su motor AB 59, conjunto que había logrado comprar tras la venta de algunos “bártulos” sumado a trabajos de verano durante el receso escolar. Apenas terminado el engendro al cual carrozó con forma de Ford T recibió una oferta tentadora que aceptó. A cambio del vehículo recibiría un motor Ford Mercury V8, una caja de cambios automática Borg Warner, un diferencial de Pontiac y una pequeña máquina de soldar, elementos más que suficiente consideró para construir su primer T-Bucket, un Hot Rod en serio.

Tras algunas noches sin dormir su objetivo lo cumplió con creces, poco tiempo después de haber culminado el Colegio Técnico, realizando el ingreso a la Facultad de Ingeniería y a la expectativa del sorteo para la colimba (número bajo), sin previo aviso Yiyi se presentaba en la casa de sus padres con su T-Bucket, cuya carrocería era una réplica de Ford T-23 que realizó en fibra de vidrio, neumáticos Goodyear similares a los utilizados por la F1 de los '70 y cuyo asiento estaba inspirado en un sillón Luis XV de capitoné azul, algunos de sus sellos distintivos.

Este aparato le dio muchas satisfacciones pero fundamentalmente la posibilidad de dedicarse en forma profesional a esta disciplina, renunciando a su trabajo en Mercedes-Benz Argentina.

Durante la década siguiente, los '80 y a puro rendimiento realizó/modificó una cifra cercana a los 25 autos entre Hot Rod y Street Rod. Inclusive fabricó literalmente un zapato rodante ("Proyecto Kickers"), encargado por la firma Grimoldi, que circuló por todo el país y merecería una historia aparte.

Estamos en 2024, los poco más de 30 años que pasaron desde que Yiyi terminó su café con leche y volvió con una sonrisa y su revista a Lomas del Mirador los desempeñó en otros ámbitos de la técnica y el diseño, sin embargo y bajo su lema: “Los Hot Rod no se hacen con los fierros que sobran, sino con los que faltan”, se mostró siempre gustoso de aconsejar y apoyar a hotroteros ya sea de manera: personal, vía telefónica, carta, fax, e-mail, WhatsApp o video llamada, desde un señor jubilado entusiasta en un pueblo de La Rioja a un experto argentino en Asti (Italia), con la misma curiosidad y pasión con que encaraba o quizás cree su familia encare... "un nuevo desafío”.

M.P.

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Diseño argentino / Ford

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